Una tarde de febrero.
Se me está agotando el tiempo
para escribir el libro
que me salve de todo esto.
Aunque creo que no es tanto la culpa
del libro
sino de la época.
Estoy en el cuarto una tarde de febrero.
Hace algo de frío,
la estufa radiante conectada a la pared.
No se ve gran cosa por mi ventana
Alguna nube perdida y ambulante.
Cojo el cuaderno.
¿Dónde está la inspiración de antaño?
¿¡Dónde!?
Todo es mentira.
Escucho golpes de una pelota
impactando contra la pared
del exterior.
Pom.
Pom.
Pom.
Así uno no puede concentrarse…
Maldita sea quién carajos será…
Me asomo al balcón y veo un niño con un balón.
“Ehhh chaval deja de darle a esta pared.
¿Ves aquella de enfrente?”
(Y le señalo la casa del matrimonio más
conflictivo del barrio, donde habita
el perro que se caga donde quiere).
“Pues a esa”.
Entro de nuevo.
Ahora soy yo el que regaña a los chavales por ser felices…
Hace no mucho ese mismo chaval
podría haber sido yo.
Me siento en el sillón
la hoja en blanco.
Es cierto,
he perdido lo más importante de mi vida
y no es la inspiración.
Por si no lo sabías.
Es una forma de supervivencia.
Evita en la mayoría de casos
que te tires por un acantilado
o mates a alguien a sangre fría
en un momento crítico.
Evita que violes a tu vecina
o cuelgues al perro que no deja de ladrar.
Generalmente te mantiene en la posición
que el mundo
espera de nosotros.
Si trabajas es por eso.
Si estudias es por eso.
Si rezas es por eso.
Creamos familias,
lazos con otros seres.
Festejamos y brindamos.
Las drogas y píldoras existen por eso.
Los mentirosos existen por eso.
Los psicólogos y psiquiatras existen por eso.
Los payasos existen por eso.
El amor existe por eso.
Si nadie te ha rajado el cuello aún
dale gracias
al miedo
mientras exista.
Pesadillas.
Todavía
A día de hoy
sigo teniendo aquellas pesadillas.
Me encuentro en los pasillos
de la universidad,
en el campus del infierno
y ella asiste a clases de Derecho.
Mi hermana también va.
Y estoy ahí
en esas aulas
con profesores fracasados,
personas atestadas de odios y frustraciones,
repletos de prejuicios y subjetividad…
Y alzan el libro
y dicen
“¡Esto! ¡Esto es la clave para el examen!
Y las ovejas apuntan el nombre del
dichoso libro para adquirirlo
y tienen esa falsa seguridad.
Ya entenderán que les han mentido…
Suena el timbre
Y se mueven
de aquí para allá
sin saber a dónde ir
cuando salen de la trampa de metal.
Y el tiempo corre como un galgo
tras una liebre
y se pierde,
y no vuelve.
Y veo como pasan los años…
Años tirados, apelmazados, podridos,
esquizofrénicos, kamikazes,
mohosos…
hasta que me despierto
sudando
y salgo al balcón
fumo
escribo
y me relajo
me conecto con mi esencia
y os dejo este regalo.
Aunque para mí
sea otra cosa
muy diferente.
Estaciones.
Escuchando canciones de
de Sabina
Francia
no ha llovido
y ha salido el sol
cantos de buenos días
sonidos de tractor
el otoño llegó.
Llevaba sin verlo años.
Esa dualidad de colores en las hojas.
La tristeza de los caídos.
Los grandes imperios
grandes hombres
grandes mujeres.
Todos con el mismo final.
Ineludible.
Y el invierno está de camino.
Se reduce a cuestión de tiempo
las decisiones de nuestras vidas.
Son trámites con fecha de caducidad.
Somos como un puto yogur,
no mucho más complejos.
No sé por qué creemos en un Dios,
no sé por qué necesitamos un Dios,
creo que es bastante más sencillo.
© All rights reserved Enrique Gámez Clemente
Enrique Gámez Clemente, intento de escritor y nómada de trabajos basura. Residente en Málaga.
Autor de: –Rompecabezas de una mente rota. -En el patíbulo. -Bailando con la muerte. -Pregúntale a la noche.
enriquegamezclemente1224@gmail.com