A todas y a todos
que hayáis perdido a un ser querido en vuestra familia
Nota. Este artículo se basa en un resumen escueto, parcial y no acabado de un dietario encontrado debajo del sofà de su hogar y adaptado sui generis por el que escribe. Una mujer querida por su familia y el barrio donde vívía que, ejerciendo de mentora con cualquiera que se acercara como hijo o amiga a su casa, era capaz de captar la funciòn de escucha tan necesaria para crear relaciones humanas entre sí y en el vecindario o en el entorno cercano de la calle donde vivía.
Relato. Nací un domingo a las ocho de la mañana, fue el 21 de diciembre de 1930. La comadrona me sacó del vientre de mi progenitora dejando la placenta en el adredón de la cama. Mi padre se llevó una decepción: quería un niño. Ya eran tres las mujeres que vivían en esa casa. Cinta, mi mamá. Y Marcela y Antonia, mis hermanas mayores. Yo era la pequeñita.”¡Grrrrrrr -gritó enfadado mi mentor- sólo me das niñaaaas!.”
Vivíamos en el barrio de Sants en Barcelona. Pero una vez empezó la II República Española en 1931, nos trasladamos a la zona del Pueblo Seco. ¿Qué nombre más feo, no?. Me decía a mí misma. Y encima en una calle, por nombre, del Olivo. En aquel segundo piso de la casa había cuatro habitaciones y un balcón muy largo que daba a la calle. En el lado izquierdo mi querido Manchi, un perrito lindo que había encontrado en la esquina de una plaza y que mi familia cuidó. Al final del mismo, una jaula con dos conejos debajo y, arriba, una gallinita con un quiquiriquí encantador que lo cantaba cuando el alba salía de buena mañana. Cuando mi padre sacaba un huevo de la paja, me lo ponía en la mano derecha y me obligaba, en aquel entonces, a pasarlo por el rostro. “¡Muy bien. Así se hace. pásatelo ahora por los ojos… Si lo haces de esta manera, la vista nunca la perderàs y te dará más sabiduría”. Mira por dónde, defectos he tenido en mi larga vida, pero tonta, ah no; tonta, nunca lo he sido.
Mi padre, que se llamaba Francisco, era herrero en sus inicios. Forjó los balcones del edificio de La Pedrera construido por Antoni Gaudí. Y más tarde, cambió de empleo y pasó a ser oficinista en el Ayuntamiento. Elegante y buena persona era, por otra parte, muy autoritario y tenía una convicción: sí o sí, hacerme una mujer dura y trabajadora como un hombre.
En aquella casa, se cocinaba la carn d’olla i escudella, un plato muy típico catalàn a base de pasta y carne de ternera por Navidad, y todo esto en una cocina de carbón que había que ventilar con una paleta de esparto para que el fuego no se apagara. Como sabéis, por aquel entonces no había duchas en ninguna casa. Pero teníamos un barreño de loza donde, una vez el agua caliente salía de la olla, la introducíamos en el mismo y nos pasábamos por la piel el mismo jabón que utilizabamos para lavar la vajilla por los bajos de la entrepierna y el culito. Así de cuqui y divertido era.
Un día, a los seis años, mi padre me dijo… “La guerra civil, mi querida hija, ya está aquí”. Y boom, nunca mejor dicho, las bombas de Benito Mussollini caían sin parar en nuestro barrio desde sus aviones. Yo no sabía que quería decir eso de que la gente utilizara balas para matarse. Desde aquel momento, las niñas que jugábamos en la calle a saltar la cuerda decidimos cambiar este pasatiempo al ver a los niños coger palos y piedras mientras simulaban ser como soldados defensores de Catalunya. Entonces, ellos nos decían: “Haced de enfermeras que José y Marius están heridos. Curadles las heridas y cuando estén sanos nos avisáis. ¡Venga …. a la guerra!”. Delante de mi casa había un refugio que hicieron los vecinos y los milicianos. Cada vez que sonaban las sirenas íbamos corriendo hacia el lugar. Allí todos estábamos achicharrados. Aquel rincón olía mal y estaba lleno de humedad dentro de aquella cueva estrecha y larga. Pero bien, al menos, estábamos a cubierto, aunque salía con las braguitas sucias y los calcetines mojados por el agua acumulada y cagadita de miedo.“En la vida nunca debes mostrar temor a nada. Dios nos mira desde arriba y hace el bien y nos protege. Pero ¡..Aaay si haces las cosas mal y sin cuidado. El demonio vendrá a buscarte y te llevará al infierno!. Es decir, haz el favor de hacer lo que yo te diga y hazlo bien. Y así , nunca te arrepentirás”. Estaba claro que, el Dios en la Tierra, se llamaba Don Francisco de nuevo, es decir, mi papá. Amén
Un día, la guerra terminó en 1939. Entonces empezó la miseria y las cartillas de racionamiento para poder comer. Si había suerte, mi postre de domingo era el pan seco que había sobrado de la semana, remojado con unas gotas de vino tinto y azúcar si lo conseguíamos.
Siendo así, empecé a ir a la escuela Jacinto Verdaguer de la calle Lérida. Allí aprendí a leer y a escribir un poco. Aprendí a hacer caligrafía. Aprendí el padrenuestro. Aprendí el himno nacional fascista.Aprendí a sumar. Aprendí a restar. Y aprendí a multiplicar también, aunque a dividir no se me dió muy bien. Nunca me gustó tener que repartir; lo quería todo para mí. Pues bien, con una coronilla en la cabeza y un vestidito blanco hice la primera comunión como si fuera una princesa. Toda mi familia vino y tuve en la boca a Dios por primera vez en la vida, con una oblea que me ofreció en los labios aquel santo sacerdote bajo palio. La verdad es que, entonces entendí, cómo una hostia podría ser al mismo tiempo un mensaje divino de cariño y devoción …y una bofetada en la mejilla si mi comportamiento no era el adecuado por parte de mi mentor.
Al finalizar la contienda, mis hermanas Antonia y Marcela volvieron del exilio en el que vivían en Francia. En Collliure, por ser más precisos. La Antonia se puso a trabajar de pescadera en el mercado de la Boqueria. Y yo, a los doce años, dejé la escuela y empecé a su lado con ella a vender rape, merluza, gambas o mejillones del Mediterràneo. “¡Venga señora, pescado fresco y barato!” A medida que crecía, a mí, me gustaba observar a las mujeres que iban bien vestidas y escotadas por las Ramblas y las que disfrutaban de señorío, a bombo y platillo, por el Paseo de Gracia. Siempre había soñado con ser modista y sacarme un certificado profesional. Pues bien, a los diecinueve, tuve mi primer título y la primera Academia de Corte Confección con un letrero junto a la puerta de mi casa familiar que decía” “Margarita Gascón Capafons. Profesora de Corte y Confección”.
Seguimos. Aquella niñita se hacía mayor. Y los hombres la miraban. Como ya sabía vestirse, era presumida y de buen ojo allá donde iba.”Nunca te fies de los hombres y guarda tu virginidad. Recuerda que si no lo haces, nunca podrás casarte de blanco y te dirán que eres una putita”….Gluuuups, sin lugar a dudas, le hice caso a mi papá.
A los quince, mientras paseaba con un supuesto amigo conversando sobre la vida, aquel chico me dio un beso en la boca y me apretó duro las nalgas hacia sí mismo. Todo dicho, lo dejé. A los dieciséis me enamoré de un cubano. Era muy guaperas… pero más celoso que el rey de España y tenía una “rubia”. ¿Qué era una rubia?. No, en aquel tiempo una rubia no era una mujer con el el pelo dorado y los labios en rojo, sino el nombre que le poníamos a los automóbiles que se pusieron de moda bajo una cubierta de madera y pintados de barniz amarillento. Este hombre me llevó por primera vez al cine y vimos “El Sueño Eterno” con mi enamorado Humphrey Bogart y la actriz Lauren Bacall; dos años después nos separamos. Pero aprendí con él a ir en bicicleta y en el asiento de atrás de su moto, por la Avenida del Generalísimo Franco. Luego vino uno que se llamaba Manuel que me llevaba a lugares inhóspitos y, a la vez, interesantes para mí por estar de moda en aquellos momentos. En la sala Apolo bailabamos el cuplé. En el Condal agarraditos siempre escuchábamos distintas melodías románticas. Y en el Molino, mejor no lo cuento; era una sala de espectáculos de cabaret, donde las mujeres que salían al escenario mostraban sus trajes de luces y campanillas.
Un día, una de mis alumnas me invitó a una fiesta. Era el día de Santiago, el patrón de los fruteros y verduleros de los mercados municipales de la ciudad. Un hombre me sacó a bailar pero yo le dije, bajo la mentira, que no sabía dar ni un paso en la pista. Luego me dijo, por influencia de su amigo el Roselló -que la sabía más larga que el alcalde, es un decir- que él era banquero. “Trabajo en la oficina de la Caja de Pensiones para la Vejez y el Ahorro” así se llamaba aquel banco…..”¡Uuuuy!” pensé; este me interesa. Seguro que dinerito tendrá.“¿Quieres venir el domingo y salimos juntos?…podríamos ir al salón de Piscinas y Deportes”. “¿En la zona alta y rica de la ciudad? le dije.”Sí, ¿cómo lo sabes?”.Aquel día tocaba un mulato. Sí, un negrito cubano de orejitas grandes y muy sensible y romántico con sus canciones. Su nombre: Antonio Machín. Desde arriba aquel escenario se escuchaba su pieza favorita “Dos gardenias para ti …que son el amor y un beso”. Ese día me robó el corazón. Y aquí es donde conocí a mi marido. Eduard Reboll Boneri que, el muy puñetero, no era para nada oficinista de la banca más famosa de la ciudad, sino que vendía tomates canarios y uvas moscatel en el mercado del barrio de Hostafrancs junto a su amigo que tampoco era director de ventas en una empresa, como me había dicho, sino que ofrecía a buen precio pechugas, alas o higaditos de pollo en otro puesto del mismo mercado. Aquel bandarra guapetón – …que la verdad lo he amado siempre– iba de putas con su amigo a la calle las Tàpies o a los meubles del pasaje Robadors. Tal como hacían todos los hombres en aquella época, antes de casarse.
Mi estimado marido me dio dos hijos: Eduard y Francesc. Y además, dos suegros que me quise como si fueran de mi propia familia. La boda aconteció con éxito y algarabía en la iglesia de Santa Madrona. Y yo misma confeccioné mi hermoso vestido blanco de tul y telas de piqué. Tuvo tanto éxito mi traje, que allí empecé a ganar clientas para mi escuela.
Un día, ya de regreso del viaje de bodas a la isla de Mallorca, mi muy querido esposo me dijo, como si fuera un sargento de infantería: “Por la mañana trabajarás en el mercado vendiendo fruta y si quieres por la tarde haces la tontería esta de modistilla para señoritas. Te lo diré por última vez, tienes que hacer lo yo te diga”. “¡Ojo, a mí no me mandes eh…que gano mas que tú con tu negocio mandarinas y cebollitas. Quien lleva el pantalón en esta casa soy yo. No te olvides” Le dije.
Aquel día salió de mi misma, aquel “hombre” interior que mi padre me puso como espejo hasta que me casé y que tanto me inculcó para que nadie me dejara manipular ni hacer de mí una esclava.
Es curioso, ahora estoy en el féretro frente a la audiencia del tanatorio y hoy es 8 de marzo de 2025; es decir, El Día Internacional de la Mujer. Mejor final no hubiera podido darse.
¿O es que las mujeres no valemos por lo que somos? ¿No es así?
Eduard Reboll