El teatro tiene la capacidad de transportarnos a otros mundos, de hacernos vivir historias ajenas como si fueran propias. Sin embargo, hay obras que van más allá de la simple representación, que juegan con la percepción del espectador y lo sumergen en un universo donde la realidad se distorsiona. Delirios, escrita y dirigida por Eddy Díaz-Sousa, es una de esas obras.
Desde el primer instante, Delirios se desmarca de las narrativas teatrales convencionales. Es una obra dentro de una obra, un juego de espejos en el que los personajes crean su propia realidad dramatizada, llevándola al extremo del delirio. En este universo, lo absurdo construye un relato que desafía las reglas de lo real.
La puesta en escena es un viaje que transita entre la comedia y el drama. Poco a poco, el espectador es conducido por situaciones inesperadas y absurdas que provocan carcajadas genuinas. No es una comedia ligera ni predecible; es, más bien, una comedia fina de detalles, en la que cada gesto y cada línea de diálogo pueden desencadenar un estallido de risa.
Dentro de este escenario, cada interpretación cobra vida de forma singular y es fundamental para la historia, ya que los personajes sostienen – me atrevería a decir- un peso actoral parejo en escena. Belquis Proenza, exquisitamente caracterizada, encarna a Mamá o María Julia, una madre desquiciada con gran fuerza, que da forma a una mujer dominante y manipuladora. Su actuación permite vislumbrar a una ex actriz atrapada en sus recuerdos teatrales de una Cuba que ya no existe, recuerdos que le dan vida y se desbordan en una presencia teatral inconfundible. Por otro lado, Rey Prado interpreta a Enrique, un hijo enloquecido por vivir atrapado en las telarañas de una madre carcelera, cuyo destino parece estar irremediablemente ligado a ella. El personaje muestra en ciertos momentos, al hijo mimado del pasado, lo cual contrasta fuertemente con el hartazgo que vive en la actualidad. Alberto Menéndez se presenta como Freddy, un personaje que, por cosas de la vida, y tal vez por sus sentimientos hacia Enrique ha caído en esta prisión. Su interpretación, marcada por una deliciosa y cómica feminidad, una agresividad efervescente y un humor encantador, añade una dimensión única al relato. Finalmente, Santiago Salas da vida a Roberto, la nueva víctima que cae en este mundo por azahar. El personaje logrado con una excelente e integral expresión corporal, lejos de inspirar lástima, provoca carcajadas y aporta la ligereza necesaria en medio del caos.
Durante la función que me tocó presenciar, la interacción entre el público y los actores se volvió parte integral de la experiencia. Cada risa y cada silencio se entretejían en la narrativa, generando una comunión artística que convertía la función en una experiencia muy especial.
El dramaturgo elige no imponer una resolución definitiva, invitando al espectador a interpretar el desenlace según su propia percepción, de modo que la trama puede ser vista como un sueño pasajero, un final macabro o simplemente una manifestación del delirio.
La obra estuvo en cartelera desde el domingo 16 de marzo hasta el domingo 30 de marzo. Si se la perdió, haga clic en el enlace de Artefactus Cultural Project para no perderse las siguientes puestas en escena, ya que Eddy Díaz-Sousa y Carlos Arteaga se encargan de mantener la actividad de la sala, un espacio encantador y perfecto para que usted pueda disfrutar viendo obras de teatro, conciertos de música, exposiciones de artes plásticas, presentaciones de libros, entre otros exquisitos eventos relacionados al arte