Una noche Arturo puso un huevo. Fue espantoso y bellísimo al mismo tiempo, como casi todo lo divino.
Más allá de que la gestación fue vasta en dolores, la confusión general del momento concluyó en un espasmo de llanto y éxtasis. Además, la pena cedió casi tan pronto terminó la labor de parto.
Hasta esa noche Arturo llevaba gran parte de su vida viendo con cierto erotismo las sogas y las navajas. Había sopesado demasiadas veces los innegables provechos de escaparse de todo por la vía de las arterias y sepultado muchas horas barajando las alternativas menos escandalosas del suicidio (una hueste de somníferos, por ejemplo). Más que nada, luchaba por encontrar motivos para conservar la vida, aunque esta pareciera comprometida con la ardua labor de negársele y volverse odiosa tanto más a cada rato.
Las paredes de su habitación podían atestiguar que Arturo lo había intentado todo: Había asistido a limpias, purgas, psicólogos y psiquiatras; drogas suaves, drogas duras, alcohol y trekking. Intentó con la aromaterapia, la cristalomancia y la alineación de chacras. Todo siempre lo llevó un poco más abajo.
Antes de sucumbir al encanto del sueño último —antes de tajarse la garganta o de meterse a la tina con una tostadora—, Arturo se arrojó una tarde sobre sus rodillas. Con la vista al cielo y las palmas juntas suplicó un milagro.
Más berreando que en oración, pidió un giro de tuerca que lo sacara de ese martirio de mañana, tarde y noche. Que se le zafara ese infierno que se había acomodado en él. Escapar de ese tormento gris que se le arrellanaba entre los labios, las neuronas y las costillas. Vencer a esa angustia fiera.
Y entonces sintió un dolor punzante en el estómago y un brillo en medio de la frente, como un ojo que tiembla por abrirse.
Arturo sufrió la respuesta de lo divino.
Porque de pronto le apenó ir vestido, se desnudó. Porque sintió que le fue comandado, se puso en cuclillas. Luego pujó, pujó, volvió a pujar y puso un huevo.
Se retiró de su pose de gallina, arrastrándose un poco, aleteando un poco. A un metro se detuvo. Se giró. Sintió que se le sanaba el cuerpo. Mientras el dolor de madre lo iba dejando, admiró el huevo.
Se hizo con fuerzas (como un segundo huevo) y usándolas todas y cada una salió adelante: trabajó, hizo lo necesario y sobre todo cuidó al huevo. Y amó al huevo, decantando en él la esperanza de terminar con la rueda de una vida infructífera. Odiosa. Plena en faltas y fallas. Abundante en siniestros.
Lo empollaba en las noches mientras leía poesía y su derredor se poblaba de promesas y palabras blancas. La navaja volvía a ser navaja y servía para cortar fruta. La soga otra vez era soga y servía para colgar cortinas.
Ilusionado por primera vez, como un retoño de luces claras, esperó a que el huevo se abriera un día y de su centro emergiera, cual venus de clara y yema, la sustancia que siempre le había faltado a cada uno de sus días ingrávidos y, sin embargo, de peso enorme.
Y como todo lo que depende del tiempo, el tiempo hizo su parte. Se abrió el huevo una mañana repleta de gravedad, pero ligera.
En su centro, Arturo se encontró consigo mismo. Una versión suya renacida, cubierta de líquidos. Al verse frente a frente recordó que las navajas no sólo cortan fruta, mientras tiraba el cascarón en el cesto.
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Joel Alba. Escritor y productor audiovisual. Nacido en San Luis Potosí el 20 de junio de 1992. Ganador del Certamen Nacional de Literatura Fantástica y de Ciencia Ficción 2024, con su obra “Sacrificio”. Ganador del Certamen Manuel José Othón, 20 de Noviembre, 2023, en la categoría “Narrativa” con su libro de cuentos “Palimpsesto”. Ganador del Premio Municipal de Literatura Raquel Banda Farfán, 2022, con su libro “Códex Sirina”. Autor invitado al XVI Festival Internacional de Letras, San Luis Potosí. Ha publicado en diversos medios electrónicos, como la revista “Epéktasi”, “El Experimento Niklaus” y “Nagari”.