En los trepidantes años 60 de la pasada centuria, el maestro dominicano Billo Frómeta, cantor de Caracas, dedicó la famosa canción “Yo quiero ser como Ariel”, a su amigo el versátil y carismático artista uruguayo, Ariel Severino.
Y en estos días se presentó en la prestigiosa universidad URBE de Doral-Florida y Maracaibo-Venezuela, con el mismo nombre de la canción, la promisoria novela del escritor también caraqueño, Abel Ibarra.
El relato de Abel conversa con lo más radiante de la tradición literaria hispana y criolla, veamos:
RUBEN DARIO
Este nica genial que cantó a las “ínclitas razas ubérrimas”, o sea a nosotros los hispanos de allá y de aquí, recordó en su contundente “Salutación a Roosevelt” (Teodoro), que en América había poetas desde los tiempos de Netzhualcóyotl (rey filósofo de Texcoco, la más provechosa de las ciudades aztecas).
Algo parecido se puede decir de Venezuela, donde la escritura floreció con los cronistas de indias, señaladamente recordamos al precursor Don Juan de Castellanos.
ELENCO DE VIRTUOSOS DE LA LENGUA
El más notorio de la época colonial fue el poeta, filósofo, pedagogo, legislador y sobre todo gramático, Andrés Bello, quien procuró adaptar el español a las necesidades de nuestro nuevo mundo descubierto por Colón y estudiado por Humboldt.
Por eso el profesor Edoardo Crema postuló a Bello como el “libertador artístico de América”.
Otros del convulso siglo XIX que es justicia mencionar, son el bardo José Antonio Pérez Bonalde, quien en Nueva York (desterrado por el dictador Antonio Guzmán Blanco), convenció a su par el Apóstol de la Libertad de Cuba, José Martí, que hiciera una pasantía en Caracas (de dónde también terminó expulsado por el insufrible Guzmán).
Y la excelsa Teresa de la Parra, autora de obras referenciales como “Memorias de Mamá Blanca” e “Ifigenia”.
SIGLO VEINTE CAMBALACHE
Y en esa centuria que el desgarrado compositor argentino Discépolo calificó de “problemática y febril”, brillaron entre otros:
José Antonio Ramos Sucre, vate doliente, transgresor y adelantado:
“Yo quisiera estar entre vacías tinieblas, porque el mundo lastima cruelmente mis sentidos, y la vida me aflige, impertinente amada que me cuenta amarguras”.
Andrés Eloy Blanco, cumanés como el anterior, caballero andante de las letras, por demócrata, luminoso y sencillo, es reconocido como el Poeta del Pueblo venezolano:
“Yo me hundí hasta los hombros en el Mar de Occidente, / yo me hundí hasta los hombros en el Mar de Colón, / frente al sol las pupilas, contra el viento la frente / y en la arena sin mancha sepultado el talón. Trajo hasta mí la brisa su cascabel de plata, / me acribilló los nervios la descarga solar, / mis pulmones cobraron un aliento pirata / y corrió por mis venas toda el agua del mar.
Y el laureado Rafael Cadenas:
“Yo pertenecía a un pueblo de grandes comedores de serpientes, sensuales, vehementes, silenciosos y aptos para enloquecer de amor”.
“Yo, envés del dado, relataré no sin fabulaciones mi transcurso por tierras de ignominias y dulzuras, rupturas y reuniones, esplendores y derrumbes”.
LOS NARRADORES
No falta quien opine que la novela es el buque insignia de la literatura. Veamos cómo en esa navegación nuestros narradores no han sido parcos ni lerdos. Reseñaremos a algunos:
Antonio Arráiz con su obra “Puros Hombres”, denuncia los horrores en los calabozos del déspota Juan Vicente Gómez.
Ramón Díaz Sánchez nos presenta en “Cumboto” el dolor de la peonada negra y los privilegios de los terratenientes.
Arturo Uslar Pietri con su novela “Las lanzas coloradas”, cuenta los desbarajustes de la contienda independentista, cuando se revelaba como una guerra civil.
Guillermo Meneses cuyo relato de aliento cinematográfico, “La balandra Isabel llegó esta tarde”, discurre entre marineros, prostíbulos y santeros.
Miguel Otero Silva en “La muerte de Honorio” describe a un tiempo la vesania de la dictadura de Pérez Jiménez y el heroísmo de la resistencia.
Y Rómulo Gallegos, el más grande de nuestros escritores que abarcó con maestría los temas nuestros, verbigracia:
“Pobre Negro” (los esclavos), “Canaima” (nuestra selva amazónica), “Sobre la misma tierra” (el petróleo), “La brizna de paja en el viento” (las pandillas en la Universidad de La Habana), “Los inmigrantes” (relato que reivindica a los forasteros que llegaron a una convivencia armoniosa con nosotros) y desde luego, la portentosa “Doña Bárbara” (la novela del llano-pampa venezolana que revisa el ancestral conflicto entre civilización y barbarie”.
UN PARENTESIS
Se estima que durante un período no apareció en Venezuela una novela del rango de las anteriores, hasta que llegaron “País Portátil” y “El pasajero de Truman”.
En la primera, representante de Venezuela en el exitoso Boom de la novela latinoamericana, ganó el premio Seix Barral. Ubica su trama en los años 60. Los de la difícil arrancada de la democracia, amenazada por el golpismo de derecha y la agresión del comunismo cubano. La escribió el trujillano Adriano González León.
Y la segunda de Francisco Suniaga, narrador margariteño, nos habla de la tragedia de Diógenes Escalante, un personaje que enloqueció sorpresivamente, cuando estaba a punto de llegar a la Presidencia de la República para completar la transición a la democracia.
A estas alturas no es ocioso mencionar a otros autores de alto vuelo como Francisco Tosta García en el siglo 19 y, en años más recientes, Inés Quintero y Francisco Herrera Luque.
TODO ACABA Y CONTINUA
Y así llegamos a “Yo quiero ser como Ariel”, otra de esas obras paradójicas, de ruptura y continuidad, conversación fecunda con la historia de la literatura nacional.
El libro fue publicado por la editorial EPSILON de Miami y estoy persuadido de que va a trascender por su innegable calidad literaria.
Tenía que ser escrito por un caballero como Abel Ibarra, con oficio y disciplina de escritor, dominio de la lengua castellana, avidez en la investigación, coraje y atrevimiento para innovar, prudencia para no resbalar hacia excesos creativos y claro está, astucia para gambetear los reclamos del consumismo.
Abel es un hombre de abundantes lecturas y mucho protagonismo vital y sensibilidad de plebeyo culto. Por eso pudo escribir una novela teñida de aroma poético. Envuelta en la magia de lo mejor de nuestra literatura.
Pembroke Pines, Florida, EEU. Marzo de 2025.